Sergio empuja la madera
sujeta al marco de la puerta y lo recibe lo que se salvó de la inundación.
Muebles partidos, restos de vidrios, telas que reconoce como cortinas, sábanas,
manteles.
Las paredes manchadas
de brea y el olor profundo, agrio, hacen
que le salten un par de lágrimas.
Entra con cuidado, con
el pie aparta un trozo de lo que fue su tablero de ajedrez. Cruza el comedor
con pasos vacilantes y se dirige a la cocina. La bacha cuelga de un caño. En el
fondo, el agua acumulada esconde residuos de astillas, de loza y vidrio. La
puerta de la heladera quedó incrustada como un cuadro subrealista.
Da un paso atrás,
tropieza con un caño, salta y avanza por el pasillo. A la izquierda se deja ver
el dormitorio. Se pregunta ¿a qué mueble corresponderá cada trozo de madera
dispersa? ¿Se podrán rearmar? El colchón donde durmieron con Isabel tantas noches parece la caricatura
de una esponja gigante. Cuadros sobrepintados
de lodo y jirones de tapices se
mezclan con restos del guardarropas. Dos trozos de vidrio asoman de lo que
adivina alguna vez fue el sobretodo azul marino.
El olor persistente no lo
abandona y lo obliga a lagrimear. Necesita aire fresco.
Vuelve a salir. Se
sienta sobre un tablón partido de la galería. El frente de la casa quedó
patinado en barro. Mira los árboles, arrancados de cuajo, y las plantas que
cuidaron con tanto esmero, ahora destruidas. Da una vuelta por el terreno. Los
árboles frutales desaparecieron, la huerta ya no existe. Algo sale corriendo
del centro de las ruinas. La desesperanza se apodera de él. A pesar del sol
tibio que ilumina el lugar, Sergio se siente invadido por una gran nube negra que lo cubre por completo.
Defensa Civil había
enviado un alerta por abundantes lluvias, tormentas de mucha intensidad y
vientos fuertes, por lo que aconsejaban prestar expresa atención a la crecida
del río y tomar las medidas necesarias para resguardar bienes y vidas.
El monstruo siempre
agazapado dispuesto a atacar sin piedad. Saben de sobra que los paredones construidos
por los dueños de los countries dejan el agua estancada en sus terrenos. Unos tienen las compuertas para resguardarse; otros,
la tierra que se satura y desborda.
Era una pareja joven en
busca de un lugar alejado de la ciudad para vivir tranquilos y criar a los
hijos. Vieron la casa y se enamoraron. El comedor amplio se llenó de color con
cuadros y tapices, colocaron la mesa, sillas y un vajillero herencia de la
abuela de Sergio. La cocina pequeña, justa, una alacena blanca, una mesa libro
y un par de banquetas con almohadones. . En el cuarto principal, la cama de matrimonio
bailaba. Aprovecharon para rescatar el ropero antiguo que habían comprado en la
feria de pulgas de Palermo, una cómoda pintada de blanco tiza y las mesas de
luz, dos cajoneros altos, laqueados, que adornaron con tirantes de colores
iguales a los de la cómoda. Y más
cuadros y tapices. Quedó muy ecléctico, rieron
al verlo terminado. Les encantó. Y en el cuarto chiquito, pintado de amarillo, solo una mecedora. En ese cuarto algún día
dormiría el hijo tan deseado, más temprano que tarde, le dijo Isabel a la
señora de la inmobiliaria mientras le
guiñaba el ojo a Sergio,
El Tigre no es una
buena idea, advirtieron los padres. Ellos no tenían en cuanta la pasión de
Isabel por el río. Desde muy joven soñaba
con una casa chiquita en una isla, con jardín y muchos árboles frondosos para
darle sombra, y en el fondo los frutales, mandarinas, duraznos y hasta un
nogal. Soñaba con el agua marrón que acaricia la tierra y la nutre. El río que
fluye siempre incansable, buscando desembocar por fin en el mar y hacerse uno
con el océano.
Sergio pidió traslado en el banco, Isabel en la escuela y se
mudaron. Cada mañana tomaban la lancha colectiva que los dejaba en la ciudad.
Disfrutaban la brisa húmeda en el rostro y la camaradería que habían logrado
con los otros pasajeros con quienes compartían el viaje entre mates.
Por la tarde la lancha
los regresaba a su pequeño mundo. Corrían a cambiarse y se dedicaban a su
tierra. La huerta crecía de maravillas, los frutales empezaron a florecer, la
casa siempre les ofrecía la oportunidad de hacer cambios,
continuar decorando, mover la energía. Isabel se sentaba todas las
tardes a observar su río, el fluir del agua, el sol que se reflejaba la hacía
tan feliz como las gotas de lluvia que caían
en esa superficie marrón que las devoraba de inmediato.
Acá nunca te aburrís,
comentaban felices
El sueño del hijo tardó en concretarse más de
lo que habían supuesto. Mientras tanto se dedicaron a cuidar gatos y perros
callejeros que entraban y salían a voluntad. Salvo Moro, una mezcla de razas,
que robó el corazón de Isabel y se quedó a vivir con ellos.
Seis meses atrás, cuando Sergio regresó del trabajo, Isabel ni siquiera le permitió dejar la mochila
- Estoy embarazada, le
dijo prendida de su cuello.
Rieron y lloraron, mientras elegían nombres de nena y varón.
Frente a la advertencia
de Defensa Civil, Sergio le suplicó a Isabel que se fuera a la casa de la
hermana. Ella tardó unos días en tomar la decisión, hasta que una mañana armó el
bolso con el ajuar de Agustín, ya sabían que sería un varón, y se llevó la mecedora.
Él se dedicó a sellar
las aberturas y asegurar los muebles con la inexperiencia de quien no es
baqueano. Resistió hasta el último momento. Abandonó la casa llevándose a Moro y unas pocas fotos.
Supuso que por instinto el resto de los animales partiría también. No miró atrás,
no lo hubiera soportado.
En la casa de la cuñada lo recibieron con
alivio. Isabel vivía intranquila, desbordada como el río.
La tormenta fue
terrible, vientos de más de 120 kilómetros por hora azotaron las islas. El monstruo había
despertado y mostraba su perfil más cruel, arrasaba con todo lo que le impedía
el paso. Las imágenes que veían por
televisión los horrorizaron. Ninguno lo admitía y se consolaban repitiendo que en la televisión, en la
búsqueda de la noticia espectacular, siempre exageran.
Una semana después de
que Defensa Civil informara que podían regresar sin peligro a sus casas, Sergio
tomó coraje para enfrentar la realidad.
Por el borde de la
baranda de la galería pasea una araña. Desde ahí puede ver el jardín al costado de la casa, el tronco de un sauce
llorón caído acuna un zorzal que yace inmóvil.
Vuelve a mirar el río, ahora
calmo y ajeno a lo que su furia provocó. Los huecos de las ventanas dejan que
el sol penetre. Un rayo ilumina un rincón del comedor y distingue una taza de
café intacta apoyada contra un zócalo partido,
como si gritara desafiante: conmigo no pudo.
Se aferra a la imagen.
Le toma una foto con el
celular, se la manda a Isabel y agrega: Averiados, maltratados, seguimos de pie. Te
amo.
