martes, 18 de junio de 2019

La pasión por el río


Sergio empuja la madera sujeta al marco de la puerta y lo recibe lo que se salvó de la inundación. Muebles partidos, restos de vidrios, telas que reconoce como cortinas, sábanas, manteles.
Las paredes manchadas de brea y el olor profundo,  agrio, hacen que le salten un par de lágrimas.
Entra con cuidado, con el pie aparta un trozo de lo que fue su tablero de ajedrez. Cruza el comedor con pasos vacilantes y se dirige a la cocina. La bacha cuelga de un caño. En el fondo, el agua acumulada esconde residuos de astillas, de loza y vidrio. La puerta de la heladera quedó incrustada como un cuadro subrealista.
Da un paso atrás, tropieza con un caño, salta y avanza por el pasillo. A la izquierda se deja ver el dormitorio. Se pregunta ¿a qué mueble corresponderá cada trozo de madera dispersa? ¿Se podrán rearmar? El colchón donde durmieron  con Isabel tantas noches parece la caricatura de una esponja gigante. Cuadros sobrepintados  de lodo y jirones de tapices  se mezclan con restos del guardarropas. Dos trozos de vidrio asoman de lo que adivina alguna vez fue el sobretodo azul marino.      
El olor persistente no lo abandona y lo obliga a lagrimear. Necesita aire fresco.
Vuelve a salir. Se sienta sobre un tablón partido de la galería. El frente de la casa quedó patinado en barro. Mira los árboles, arrancados de cuajo, y las plantas que cuidaron con tanto esmero, ahora destruidas. Da una vuelta por el terreno. Los árboles frutales desaparecieron, la huerta ya no existe. Algo sale corriendo del centro de las ruinas. La desesperanza se apodera de él. A pesar del sol tibio que ilumina el lugar, Sergio se siente invadido por una gran  nube negra que lo cubre  por completo.
Defensa Civil había enviado un alerta por abundantes lluvias, tormentas de mucha intensidad y vientos fuertes, por lo que aconsejaban prestar expresa atención a la crecida del río y tomar las medidas necesarias para resguardar bienes y vidas.
El monstruo siempre agazapado dispuesto a atacar sin piedad. Saben de sobra que los paredones construidos por los dueños de los countries dejan el agua estancada en sus terrenos. Unos  tienen las compuertas para resguardarse; otros, la tierra que se satura y desborda.
Era una pareja joven en busca de un lugar alejado de la ciudad para vivir tranquilos y criar a los hijos. Vieron la casa y se enamoraron. El comedor amplio se llenó de color con cuadros y tapices, colocaron la mesa, sillas y un vajillero herencia de la abuela de Sergio. La cocina pequeña, justa, una alacena blanca, una mesa libro y un par de banquetas con almohadones. . En el cuarto principal, la cama de matrimonio bailaba. Aprovecharon para rescatar el ropero antiguo que habían comprado en la feria de pulgas de Palermo, una cómoda pintada de blanco tiza y las mesas de luz, dos cajoneros altos, laqueados, que adornaron con tirantes de colores iguales a los de la cómoda.  Y más cuadros y tapices. Quedó muy ecléctico,  rieron al verlo terminado. Les encantó. Y en el cuarto chiquito, pintado de amarillo,  solo una mecedora. En ese cuarto algún día dormiría el hijo tan deseado, más temprano que tarde, le dijo Isabel a la señora de la inmobiliaria mientras le  guiñaba el ojo a Sergio,
El Tigre no es una buena idea, advirtieron los padres. Ellos no tenían en cuanta la pasión de Isabel por el río.  Desde muy joven soñaba con una casa chiquita en una isla, con jardín y muchos árboles frondosos para darle sombra, y en el fondo los frutales, mandarinas, duraznos y hasta un nogal. Soñaba con el agua marrón que acaricia la tierra y la nutre. El río que fluye siempre incansable, buscando desembocar por fin en el mar y hacerse uno con el océano.
Sergio pidió  traslado en el banco, Isabel en la escuela y se mudaron. Cada mañana tomaban la lancha colectiva que los dejaba en la ciudad. Disfrutaban la brisa húmeda en el rostro y la camaradería que habían logrado con los otros pasajeros con quienes compartían el viaje entre mates.
Por la tarde la lancha los regresaba a su pequeño mundo. Corrían a cambiarse y se dedicaban a su tierra. La huerta crecía de maravillas, los frutales empezaron a florecer, la casa siempre les ofrecía la oportunidad de hacer  cambios,  continuar decorando, mover la energía. Isabel se sentaba todas las tardes a observar su río, el fluir del agua, el sol que se reflejaba la hacía tan feliz como las gotas de lluvia que caían  en esa superficie marrón que las devoraba de inmediato.
Acá nunca te aburrís, comentaban felices
 El sueño del hijo tardó en concretarse más de lo que habían supuesto. Mientras tanto se dedicaron a cuidar gatos y perros callejeros que entraban y salían a voluntad. Salvo Moro, una mezcla de razas, que robó el corazón de Isabel y se quedó a vivir con ellos.
Seis meses atrás,  cuando Sergio regresó del trabajo, Isabel  ni siquiera le permitió dejar la mochila
­- Estoy embarazada, le dijo prendida de su cuello.
Rieron y lloraron,  mientras elegían  nombres de nena y varón.
Frente a la advertencia de Defensa Civil, Sergio le suplicó a Isabel que se fuera a la casa de la hermana. Ella tardó unos días en tomar la decisión, hasta que una mañana armó el bolso con el ajuar de Agustín, ya sabían que sería un varón,  y se llevó la mecedora.
Él se dedicó a sellar las aberturas y asegurar los muebles con la inexperiencia de quien no es baqueano. Resistió hasta el último momento. Abandonó la  casa llevándose a Moro y unas pocas fotos. Supuso que por instinto el resto de los animales partiría también. No miró atrás, no lo hubiera soportado.
 En la casa de la cuñada lo recibieron con alivio. Isabel vivía intranquila, desbordada como el río.
La tormenta fue terrible, vientos de más de 120 kilómetros  por hora azotaron las islas. El monstruo había despertado y mostraba su perfil más cruel, arrasaba con todo lo que le impedía el paso. Las imágenes que veían  por televisión los horrorizaron. Ninguno lo admitía y se consolaban  repitiendo que en la televisión, en la búsqueda de la noticia espectacular, siempre exageran.
Una semana después de que Defensa Civil informara que podían regresar sin peligro a sus casas, Sergio tomó coraje para enfrentar la realidad.
Por el borde de la baranda de la galería pasea una araña. Desde ahí puede ver el jardín al  costado de la casa, el tronco de un sauce llorón caído acuna un zorzal que yace inmóvil.
Vuelve a mirar el río, ahora calmo y ajeno a lo que su furia provocó. Los huecos de las ventanas dejan que el sol penetre. Un rayo ilumina un rincón del comedor y distingue una taza de café intacta apoyada contra un zócalo partido,  como si gritara desafiante: conmigo no pudo.
Se aferra a la imagen.
Le toma una foto con el celular, se la manda a Isabel y agrega:   Averiados, maltratados, seguimos de pie. Te amo.

La pasión por el río

Sergio empuja la madera sujeta al marco de la puerta y lo recibe lo que se salvó de la inundación. Muebles partidos, restos de vidrios, ...